El calor entre las cobijas comienza a sofocarme, al igual que mis pensamientos sobre ella, de repente, sin saber porqué, se alejó, dejó de contestar. Las agruras queman mi estómago y esófago, mi cuerpo y espíritu sienten un cansancio tal que ni siquiera estar acostado me permite reposar.

Despierto buscando alguna señal de ella en el celular, en algún lugar, no encuentro nada, sólo la dolorosa sensación del abandono combinado con un vacío en el corazón. Pongo música que me inspira, pero ésta vez no lo logra; decido salir. La noche se ve hermosa, hace tiempo que no sentía ésa paz nocturna, el viento helado que no quema, sino refresca, las estrellas iluminando mi rostro y las ramas de los árboles dejándose llevar por la suave brisa.

Cierro los ojos, un susurro me dice que todo estará bien, que no hay de qué quejarse, que todo trae una enseñanza, que el amor es libre y que las enseñanzas nos hacen fuertes como rinocerontes, pues son las que nos ayudan a seguir adelante con fuerza, con una coraza increíble ante las adversidades, pero con un corazón comprensivo y libre.

Una oración penetra mis sentimientos: ayúdame a aceptar tu voluntad y entender qué es lo que debo aprender, ayúdame a mejorar y a liberar lo que debo.

Abro los ojos y pareciera que nada ha cambiado, pero en mi corazón hay un viento helado que no quema, sino refresca, mis sentimientos iluminan mi rostro y se dejan llevar por la suave brisa.

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3 comentarios en “Una suave brisa

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