La calle hoy está silenciosa, sólo mi respiración tranquila y mis pasos rompen el silencio; las farolas debidamente iluminan el entorno, lo demás se encuentra escondido dónde obtienen su particular comodidad.

Parece el camino hacia la muerte, lleno de paz, sin prisa, ni precaución, sólo camino hacia mi destino con una sonrisa en el rostro, provocada por la tranquilidad que siente un hombre satisfecho de sí.

En éstos momentos qué más da si hice bien o mal, lo que debí pagar, ya lo pagué, lo que debí disfrutar ya lo disfruté; qué importa si soy bueno o malo, si iré al cielo o al averno, lo importante es mi presente, esto, lo que estoy viviendo, ésta paz neutra que disipa el pasado y el futuro, y que se amarra a la leal libertad.

Alas transparentes brotan de mi cabeza para darle vida a mi vida, transforman el ecosistema urbano en un relieve de fantasías agradables. Quizá sea Gabriel o Virgil que elija para guía, según las circunstancias, pero hoy no los llamo, porque hoy yo soy el guía.

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Un comentario en “El caminante

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