La lluvia como de costumbre; regando la ciudad en la noche, llevo mis cosas esenciales para vivir, busco un lugar donde alojarme, paso por cruceros teniendo cuidado de los bueyes de acero, en seres despiadados los ha convertido el estrés, no pueden esperar 5 segundos para que las personas pasen, quizá sea porque les urge llegar y pasar tiempo con su familia. Mi hogar es la calle, quizá por eso no me desespera llegar a algún lado; mi familia soy yo, las ratas y los demás como yo.
Lo que no saben los que me juzgan es cómo llegué hasta aquí y que por dentro soy igual a ellos, si supieran que lo más valioso son los pequeños detalles, una sonrisa, pero nadie me sonríe, excepto mis ángeles y demonios, siempre me acompañan, por eso hablo con ellos, tal parece que nadie los ve.
Un temeroso joven se acerca a mí sin importarle la lluvia. Lleva en la mano una bolsa color blanco acartonada, tiene los ojos enrojecidos, quizá tenga ganas de llorar, con voz temblorosa me pregunta:
-¿Quieres comer?
-No – tajante mi respuesta fue.
El joven se aleja cabizbajo y al parecer va llorando, no me gusta que me tengan lástima, lástima me da él que sigue atado a ésta selva de corazones y espíritus de concreto.

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