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Eran las 7:30 P.M., la tarde era lluviosa y yo esperaba el próximo metro en la estación de Xola, no llegaba el subterráneo, así que decidí leer.

Llevaba poco menos de una hora leyendo y ni siquiera había indicios de que se acercara el tren, hasta que después de quince minutos llegó por fin.  Los asientos estaban vacíos, razón por la cual la gente y yo nos precipitamos a las puertas.  Conseguí un asiento y continué mi lectura.

La velocidad que llevaba el transporte era considerablemente lente, tomando en cuenta que llovía; el metro se paró por completo al llegar a la estación de Hidalgo, mientras el reloj marcaba 8:15 P.M.

Leí un rato más, hasta que me aburrí de ese tipo de lectura, así que lo guardé y saqué mi libro de ejercicios de Inglés y los empecé a resolver.  Mis ojos ya estaban cansados, así que decidí parar para tomar una siesta, poco rato después comencé a meditar y posteriormente, al borde del aburrimiento total, comencé a escuchar las pláticas de todos, los celulares sonaban y todos comenzaban con la misma frase: “Estamos atorados”.

Eran las 9:40 P.M., cuando por fin avanzó, yo tenía una terrible ansiedad que se acumulaba poco a poco en mi estómago.  Llegamos a Cuatro Caminos.  Toda la gente se encontraba amodorrada, de mal humor, pero algo increíble pasó, eran pacientes y corteses.

“Este tren deja de dar servicio, ningún pasajero puede permanecer abordo.  Gracias.”

Fue la voz que salía de las bocinas, sólo reí.

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